
Nuestro anfitrión saharaui. Pastel. Txitxi Orbegozo
Le conocí en los campamentos del Sahara, en Tindouf, en Argelia. Su nieto había pasado un verano en mi casa y más tarde quisimos visitarle en su ambiente, en el lugar donde transcurría su infancia. El abuelo, el hombre del retrato, era un hombre extremadamente cariñoso y un anfitrión inmejorable. No tenía dientes, ni uno solo. La vestimenta se la inventé, al modo de los tuaregs tradicionales. En realidad iba de negro.
En Tindouf viven alrededor de cuarenta mil personas, y la sensación es de completa provisionalidad. La condición de refugiados está siempre presente. La población infantil es abundante. Las haimas alternan con edificaciones de ladrillo fabricado con la arena del desierto y secados al sol, una fuente de energía que se da en abundancia.
A pesar de la precariedad, la amabilidad, las sonrisas, la hospitalidad, la afabilidad que se respira es algo que al visitante occidental le impacta. Con muchos menos problemas, nosotros nos volvemos hoscos, huraños, desconfiados, envidiosos, individualistas. El sentido de colectividad allí es, no solamente destacable, sino también imprescindible para la supervivencia. La dignidad de esa gente es algo que se respira.
Ni un solo árbol, ni calles ordenadas, vivir con lo mínimo, esperar mejores tiempos, no perder el sentido humano de la vida. Pensamos que nosotros mostramos a aquel niño una forma de vida sin sospechar que, al visitar el campo de refugiados donde vivía, los saharauis nos iban a enseñar mucho más: una actitud, un sentido solidario de la existencia, una conciencia de cultura común, una noción más que básica de lo mucho de superfluo que hay en nuestras acomodadas vidas.
Le pinté porque me inspiró respeto y cariño, porque me causo admiración y porque nos dieron mucho más de lo que ofrecimos.
Un saludo afectuoso a todos los saharauis.
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